Mi camino como artista ha sido cualquier cosa menos lineal. He pasado por la acuarela, el realismo, el abstracto, el arte infantil, los murales, los cuadros, las ilustraciones... He explorado técnicas, estilos y formatos como quien recorre un mapa inmenso sin un destino fijo, solo con la brújula del impulso creativo. Este blog puede corroborarlo, aquí puedes encontrar toda mi trayectoria. Y la verdad es que he disfrutado muchísimo en cada etapa. Crear siempre ha sido un refugio, un juego, una forma de entenderme.
Durante años pensé que lo que buscaba era la perfección. Que si dominaba cada técnica, si lograba que cada trazo fuera impecable, entonces mi trabajo “estaría bien”. Pero con el tiempo descubrí algo que me removió por dentro: no estaba buscando perfección, estaba buscando aceptación.
Quería que los demás me dijeran que lo que hacía valía la pena. Que mis obras gustaran, que generaran ingresos, que funcionaran. Y cuando no había beneficio económico, interpretaba que no gustaba. Y si no gustaba, tocaba cambiar de rumbo, pasar a otra cosa, reinventarme una vez más. Ese ciclo agotador se repetía sin que yo me diera cuenta de que estaba midiendo mi valor artístico con una vara que no era mía.
Nunca me paré a pensar que quizá el problema no era mi arte, sino cómo lo mostraba. No me cuestioné si estaba promocionando bien mi trabajo, si estaba llegando al público adecuado, si estaba comunicando lo que quería transmitir. Hay mil factores que influyen en la visibilidad de una obra, y yo los ignoraba por completo. Era más fácil culparme a mí misma que analizar el contexto.
Pero todo ese recorrido, con sus dudas, sus cambios de rumbo y sus pequeñas decepciones, me ha enseñado algo fundamental: tengo que dejar de luchar contra mí misma.
No tengo que gustar a nadie más que a mí.
No tengo que crear para encajar.

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